Home OPINIÓN OPINION

OPINION

0
0

 

 

El mensaje del Presidente de la República, el pasado domingo, fue una más de sus conferencias mañaneras, sólo que más larga y con un público selecto. Fue un ejercicio de autocomplacencia y, más que un informe del estado que guarda la Administración Pública Federal, como lo marca la ley, mostró el mundo paralelo en que vive el Presidente.

 

En el “tercer Informe” se reitera el desprecio por las instituciones, las leyes y la Constitución. Fue un catálogo de medias verdades, con un uso selectivo de datos que distorsionan la evaluación de los resultados de su gestión y una letanía de referencias autocomplacientes y festivas, ya muy gastadas y reiteradas, que revelan el agotamiento del discurso presidencial y el limitado alcance del proyecto de gobierno.

 

Todo empieza por asentar la verdad mayor, el argumento central del “informe”: estamos ante un cambio de régimen, y para demostrarlo basta aludir al combate de la corrupción y la impunidad para que se dé por buena esta consigna, cuyo uso reiterado sólo suscita preocupación por el verdadero cambio a un régimen autocrático. Reaparecieron varios expedientes preocupantes: la revocación del mandato y la regulación de la consulta popular como ejes de la movilización y la campaña electoral permanentes.

 

Aseguró que “el Poder Ejecutivo no interviene en las determinaciones del Poder Legislativo ni del Judicial; respeta las atribuciones y jurisdicciones de las instancias estatales y municipales, no se entromete en las decisiones de órganos autónomos, como la Fiscalía General de la República, el Banco de México, las autoridades electorales y la Comisión Nacional de los Derechos Humanos y se abstiene de interferir en la vida interna de los sindicatos y de partidos políticos”, cuando se ha dedicado a presionarlos, hostigarlos y colonizarlos. Más que una argucia retórica, ésta es una muestra del estilo ladino y faccioso de ejercer el poder, de despreciar al interlocutor y rehuir el debate racional y honesto.

 

Mucho se ha escrito sobre el enorme peso que tienen en los “informes” los millones de beneficiarios que suman los programas asistenciales, con la secrecía del padrón de beneficiarios y la reserva de votos que representan. En contraste, ya se han hecho ejercicios contundentes entre la realidad vista por el Ejecutivo y la que vivimos millones de mexicanos en forma cotidiana, asediados por el temor y el miedo ante el crimen organizado.

 

Sin aportar evidencia alguna, ahora resulta que los programas sociales van a mejorar la distribución del ingreso, cuando la continuidad de las becas y subsidios está en riesgo por la baja en los ingresos públicos y la virtual recesión económica.

 

Lejos de reconocer el impacto negativo de las decisiones económicas internas, para el Presidente y su mundo alterno la recesión global en ciernes y la incertidumbre del nuevo tratado comercial (T-MEC) serán los factores determinantes de la tormenta que viene.

 

Dos grandes ausentes: la autocrítica racional y el reconocimiento a la sociedad civil. Por el contrario, predominó un triunfalismo desmedido y soberbio, así como un alarde por la deseada derrota moral de sus adversarios, que bien quisiera lograr para exacerbar la concentración del poder.

 

En el futuro inmediato, el fin de la “buena suerte” en lo económico o un duro golpe de realidad como los que hemos visto en días recientes con las masacres del crimen organizado o la ira de las mujeres violentadas, podrían ser las que, lamentablemente, tarde o temprano hagan recapacitar y rectificar al Presidente.

DEJE SU COMENTARIO

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *