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Las contiendas electorales fomentan mentiras. Quien afirma cómo será el futuro, obligadamente miente. Hay una intención corruptora: convencer al elector. Pero el 2019 ya fue un año de gobierno y algunos lances presidenciales fueron descabellados. Para el segundo año más vale aclarar de qué estamos hablando.

Cuando el presidente afirma que el crecimiento no es el objetivo primordial, sino el desarrollo, hay poco que refutar. Pero resulta que lo dijo frente a los vaticinios de crecimiento cero. Quizá trataba de curarse en salud. Buscaba ganar tiempo, pero en el fondo sabe que sin crecimiento no hay desarrollo. Ésa es una posibilidad, la mejor. Pero otras afirmaciones igual de locuaces siembran la duda: quizá en verdad cree en ello. Un gobernante que, en pleno siglo XXI, piensa que la mayor riqueza de un país es el petróleo, anda por lo menos desinformado. Ya con crecimiento cero, es obligado regresar al primer punto: por qué no crecimos.

La discusión es vieja. En los años setenta un economista estadunidense –Richard Easterlin–analizó qué tanta satisfacción con la vida trae el ingreso. Se basó en Japón. Sus conclusiones fueron bastante asombrosas: la constatación estadística era cercana al sentido común. El dinero no lo es todo, peor aún, la frustración merodea a quien siempre piensa que requiere más para estar satisfecho. Sin embargo, también hay un mínimo de ingreso sin el cual un ser común no puede estar satisfecho con la vida. Lo mismo ocurre con las mediciones del PIB per cápita, las cuales no convencen al Presidente. El tipo de satisfactores son la clave. Algunos son medibles en pesos, (dólares), otros definitivamente no. Por eso fue tan relevante para las ciencias sociales la aparición del Índice de Desarrollo Humano (IDH) impulsado por el PNUD y que tuvo como autor intelectual al gran pensador Amartya Sen. Desde entonces mirar sólo al PIB per cápita resulta ingenuo. Altos ingresos petroleros, un PIB alto, no garantizan una mejoría en la vida.

La discusión se ha vuelto cada día más precisa. Se miden las escaseces y, por supuesto, el dato final es la satisfacción con la vida. Es conocido el caso de Bután, que ha dirigido el esfuerzo estatal a la búsqueda de la felicidad, por abstracto que esto parezca. México no ha sido ajeno al tema. Muchas investigaciones del Inegi y la creación del Coneval responden a esa inquietud. Por eso asombra tanto la afirmación presidencial. Es conocido que México es uno de los países con mayor satisfacción en la vida. Explicaciones de los especialistas hay muchas: la ampliación de las libertades y del consumo en muchas sus vertientes, el tipo de satisfactores, la movilidad ascendente, etc.

Recientemente, la organización México ¿cómo vamos?, en asociación con Social Progress Imperative y el INCAE, dio a conocer un estudio muy interesante: el Índice de Progreso Social. De 149 países México está en el sitio 55, es decir, en la parte media alta de la tabla.

En México, por mucho, no todo es miseria como hoy se afirma con ligereza. El Índice ratifica lo obvio: las entidades que han tenido crecimiento (Nuevo León, Querétaro, Aguascalientes, Sinaloa y Sonora) van a la cabeza. Guerrero, Oaxaca, Chiapas, Veracruz y Tabasco están en el fondo. Algunas carencias se pueden solucionar sólo con dinero, con crecimiento y desarrollo. Otras no. El estudio es otro mapa, –entidad por entidad– de los que provienen de la sociedad civil de la que tanto se queja la Cuarta Transformación. Sirve para acciones de gobierno muy puntuales que traerán bienestar. Por ejemplo, Yucatán, muy bien calificado, tiene serios problemas de muertes por accidentes viales que bajan su promedio. A estudiar.

 

Conclusiones: el crecimiento no garantiza el bienestar  ni el desarrollo, pero sin crecimiento, no habrá mejoría. Ni engañemos ni nos engañemos. Seamos serios. Crecer es prioridad. Un ambiente rijoso y amenazante aleja al bienestar.

 

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