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Hace unos días, Estados Unidos declaró el fin de la pandemia por covid-19.

 

El invierno se acerca y no, no hablamos del ciclo de las estaciones del año. Se trata de una estimación de los tiempos que vienen basada en el momento que atraviesa el mundo. Lo dijo así el secretario general de la ONU, António Guterres, en el primer día de la asamblea general del organismo: “No nos hagamos ilusiones. Navegamos aguas turbulentas. Se avecina un invierno de descontento a escala mundial. La crisis del costo de la vida está haciendo estragos. La confianza se desmorona. Las desigualdades se disparan. Nuestro planeta está ardiendo (…) Estamos estancados en una disfunción global colosal. La comunidad internacional no está preparada ni dispuesta a afrontar los desafíos enormes y dramáticos de nuestra era. Estas crisis amenazan el futuro mismo de la humanidad y el destino de nuestro planeta (…) Necesitamos esperanza y más. Necesitamos acción…”.

 

Hace unos días, Estados Unidos declaró el fin de la pandemia por covid-19. El que haya emitido esta declaratoria, significa que, en aquel país, el virus ha tomado un lugar en la dinámica diaria, más que no ha desaparecido, pero esto implica que hay condiciones en aquel territorio para la convivencia del ser humano y el SARS-CoV-2. En un futuro inmediato, serán cada vez más los países que se sumen a este anuncio tan esperado. Y es que, ¿recuerda las varias reflexiones que surgieron al inicio de la pandemia? Creímos que una vez que este episodio se dejara atrás, regresaríamos al mundo con una nueva perspectiva, que el mundo habría entendido las varias lecciones que el aislamiento nos habría dejado. Sin embargo, el planeta entero comenzó a retomar su vida pasando por alto los gravísimos pendientes en materia social, así como los grandes vacíos en cuestión política. La pandemia evidenció la enorme desigualdad que cohabita con la humanidad. Vimos cuántos países que no tuvieron acceso a vacunas o medicamentos, sino hasta meses después de que las superpotencias aseguraron su abastecimiento. También fuimos testigos de decisiones empresariales que iban en detrimento de los trabajadores y su bienestar. En muchos sentidos, la ruta operativa no se detuvo. En cuestión política, ni siquiera la vulnerabilidad, que se mostró igual para todos, alcanzó para zanjar los conflictos en varias partes del mundo o para el trazo de una nueva ruta democrática.

 

Así que aquí estamos, con un covid-19 más controlado, pero con nuestros pendientes previos a la pandemia aún más robustos. Ahí está la invasión rusa a Ucrania, los conflictos de la Franja de Gaza, la tensión entre Estados Unidos y China por el reconocimiento de Taiwán como país independiente. Está también la profunda división social, esa cultura del maniqueísmo en la que no existen los grises, en la que sólo hay buenos y malos, oficialistas y opositores; dos únicas (y pequeñas) partes de un todo que no alcanzan para alimentar y generar un debate que nos lleve al encuentro de soluciones.

 

2022 es el primero en tres años en que el mundo se desarrolló de una forma mucho más libre en materia sanitaria, pero ni siquiera el momento que vivió en 2020 y 2021 fue suficiente para atajar las enormes brechas políticas, sociales o culturales. Así que tiene razón el secretario general de la ONU: viene un invierno frío (y no sólo por las temperaturas récord a causa de la emergencia climática), también porque el mundo,

 

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