AUTOR: JUAN DE DIOS JASSO ARÉVALO
EL VIAJERO VINTAGE
@derechosreservadosindautor.
Mamá me había dicho que a un hombre se le conquistaba por el estómago. En eso estuvo muy de acuerdo con mi bella Cambris con quien hizo buenas amistades apenas se la puse enfrente.
Siguiendo el consejo de mamá de que viviendo en el rancho podría ser feliz porque ahí tenía todo, llevé hasta ahí a mi joven esposa, una muchacha de iglesia y cosas buenas.
Mis viejos no fueron letrados, qué va, si su única comunidad eran las vacas, cabras y borregas que tenían en el rancho. Habían crecido así, como las plantas de girasol, en todos lados y a lo tonto.
Atilano de las Campas estaba tan metido en las montañas que llegar allá no solo requería de buenos pulmones, también una piel resistente a los mosquitos y al calor de infierno.
Llegamos allá a lomo de unas mulas, con el trasero pelado por las más de doce horas de viaje y con un hambre de coyote en tiempos de secas.
Cambris era blanca como las nubes que pisaba la virgencita en el cuadro de La Anunciación que estaba en el templo. Por eso, al verla mamá tan dañada por el viaje, lejos de darle un afectuoso saludo y abrazarla como lo había hecho papá, la llevó dentro de la casa de troncos, la desvistió sin pudor, le dio un baño a jicarazos y luego de secarla a conciencia, le untó tanta sábila como pudo. Sabiendo lo que hacía le dio un te de Arabis y así, dormida, Cambris dejó de ser Cambris por más de ocho horas. En ese tiempo me fui al río a bañarme en pelotas y recordar aquellos tiempos de chamaco cuando renegando de mi pobreza, había dejado todo. Miraba arriba y los frondosos brazos de los árboles parecían protegerme del peligro.
El lunes, y bajo la inspección de mamá, Cambris me puso al frente quelites; el martes, acelgas; el miércoles, nopalitos, y el jueves que era traer especias frescas del mercado, codornices rellenas de frutos secos y queso asadero. Ya lo dije antes, las instrucciones de mamá habían sido tan precisas que Cambris ni dudó en aprenderlo todo. Estaba tan enamorada que sus ojitos se le abrillantaban cada que le besaba la frente.
El jueves por la mañana encontré a Cambris dándole de tirones a las tetas de La Carambola, la vaca más joven y atolondrada del rancho. Mamá le había enseñado tan bien que le había bastado un par de lecciones para ponerlo en práctica. Lo que ni mamá ni Cambris sabían era que mientras ellas le daban de tirones a las ubres de la Carambola, yo se los daba a las de Celina, a la que le decían La Culpa, pues nadie se la quería echar. Me había visto llegar cuando pasamos cerca de la comunidad de Las Ralas, y se las había ingeniado para atender mi cerrada de ojo.
Me gustaba La Culpa porque era más que fea, pero de un cuerpo tan bonito y explosivo que se decía lo tallaba contra los árboles de maderas suaves para calmar sus deseos. Por eso, agarrada de las raíces del sauce, soportó mis ansias de estar con una fogosa mujer y que la Cambris, por sagrada, no me podía dar. Tres días metido en Los Acebuches me dieron el descanso de ganas que como hombre necesitaba.
De regreso a Atilano a lomo del Gallito, mi caballo favorito, de cuando en cuando me tocaba los tanates porque todavía me pulsaban exigiéndome más, y es que si algo teníamos La Culpa y yo, era eso de ser un comal en fiesta.
Cuando llegué, Cambris cuidaba a mamá ante una extraña fiebre que la había echado al catre. Papá le lloraba a un lado porque aquello no se veía bien. Y nada fue bien porque a los dos días se nos murió y al quinto, papá le siguió al no soportar la soledad.
La Culpa fue por esos días mi consuelo, por lo menos hasta que en el suelo fue donde encontré a Cambris un día cualquiera. Tenía fiebre, igualito como le había pasado a mamá, solo que esta tenía verrugas y cosas raras en lengua y papusa. La papusa de Cambris era sagrada, pero la de La Culpa todo un pecado. A una le daba sus respetos pues era la de mi compañera de vida, pero la de la otra era violentada y arrasada a mi antojo.
La Culpa estuvo conmigo en todo momento. Me ayudaba con los remedios para bajarle la fiebre a mi mujer, me le daba comida en la boca y hasta me la bañaba. Mi Cambris pasó de ser una hermosa mujer blanca como un plato de peltre, a una esquelética sin gracia a la que ya no quería. En medio de la preocupación La Culpa estaba ahí y yo echándomela porque para desestresarme ella era el mejor remedio.
Los médicos de Las Torrejas me dijeron que Cambris estaba enferma de cosas que tenían qué ver con el amor y que preparara el funeral. Acobardado llegué hasta los tacos donde La Culpa almorzaba y le dije, vámonos, vámonos porque aquí ya no cabemos. Y nos fuimos dejando a Cambris abandonada.
Un mes con La Culpa me hicieron saber que mamá siempre había estado equivocada. A un hombre no se le conquistaba por el estómago, sino por lo que ellas traían entre las piernas. La Culpa siempre me dio su popusa dejándome hacer con ella lo que se me viniera en gana y yo, tan necesitado, y ella tan tibia, nos dejábamos querer.
La propuesta de que nos fuéramos a vivir a Cacaxtle le cayó re bien a La Culpa. Venderíamos todo y nuestra vida sería otra. Hicimos conteo y supimos que la venta de las cuarenta vacas, treinta y tres cabras, doce puercos, cuarenta gallinas, doce patos, dos mulas y siente caballos, nos dejaría bien parados.
Al tercer día, luego de volver del pueblo a donde había ido a buscar compradores y donde había logrado acomodar todo, vi a La Culpa en cueros bañándose en el paraje de Las Currucas. Sudado y deseoso de un chapuzón, me encueré en secreto y la miré a distancia. A qué gacha y fea estaba esa mujer, pero qué trasero, qué tetas alzadas y orgullosas tenía. Me toqué en silencio preparando esa arma que ella amaba, bueno, eso creía yo hasta antes de ese momento en el que vi a Fausto Cabriales salir de la nada, meterse al agua y tomar a su antojo a una Culpa que alguien más había decidido echarse. Jamás había visto en mi vida otro hombre que no fuera yo ante el reflejo del río y al ver a ese monstruo de ser humano supe que La Culpa me había engañado. Lo que yo tenía entre mis piernas no era ni la cuarta parte de lo que ese mandamás del pueblo tenía. Humillado me vestí, caminé al rancho y al entrar en casa, me topé con la presencia de un encorbatado acompañado de Cambris, sí, esa Cambris que creía muerta estaba ahí, de pie y con un papel en la mano en el que me decía que debía irme, que mis padres habían dejado todo en sus manos.
No me atreví a rebatir porque la imagen de La Culpa bajo el agua amamantándose como cualquier becerrillo, me estaba matando.
Cambris no volvió a la ciudad más que para lo indispensable. Se casó con Xico Faz, un campesino sin gracia y sin talento, pero ah, como la hacía reír. Odiaba verlos juntos en el pueblo porque mientras yo vendía tunas, ella caminaba de su brazo. Ahora era él, el que gozaba de los conejitos rellenos de almendras, elote y cremas; de los chicharrones de tejón y armadillo; de los espárragos, el quelite y el huitlacoche. Mamá me la había entrenado para que me conquistara por el estómago, pero yo simplemente me había encargado de decepcionar a dos mujeres que habían terminado siendo amigas, y enemigas de un ser tan despreciable como yo. Ahora ahí iba el Xico, con algo sagrado, con mi joya de manos blancas, con la que no habia podido estar en la salud ni en la enfermedad.