AUTOR: JUAN DE DIOS JASSO AREVALO
EL VIAJERO VINTAGE
@derechosreservadosindautor
El “Ahí voy” me había acompañado desde que era niño y siempre, desde que lo recuerdo, era una cantaleta que había mandado a mamá al hospital en más de una ocasión cuando yo, metido en mis asuntos, siempre le respondía así.
De casado las cosas no cambiaron. Cuando mi esposa me pedía esto o lo otro mi “Ahí voy” la hartaron tanto que el divorcio fue el ultimátum que me puso para que dejara el ocio, mis débiles ganas para actuar y ser lo que debía de ser, un esposo responsable y atento a las necesidades. Mi dejar para después lo indispensable me arrebataron más de un buen empleo.
Me casé con una maestra que ganaba lo bastante bien y entendí que debía cuidar mi minita de oro. Atareada con los niños y con su profesión, se dio cuenta que prácticamente se había casado con un vividor que se la pasaba viendo estúpidos juegos de futbol donde ser americanista, no solo le ensuciaba la casa con la visitas de sujetos extraños, también gastos innecesarios en bebida y comida comprada cada fin de semana. Harta terminó por rendirse y echarme De su vida.
Solo y sin hijos volví a casa. Papá me recibió porque desde que había muerto mamá vivía de su pequeña pensión. Había llegado en el peor momento pues ya estaba más que viejo y me vi obligado a traerle esto, lo otro. Medicina para esto, medicina para lo otro. En realidad dispuesto no estaba a cargar con él. Había aceptado el divorcio porque prefería estar solo que soportando los mandatos de una mujer que creía que por ser maestra, abastecer la alacena y vestir a los niños tenía derecho a gritonearme. Repetir la historia con papá era ir en picada y no, la verdad no.
Apenas agarré una chambita de velador, me fui de la casa. El patrón me daba dormitorio y comida y más no podía pedir. De mi esposa y de mis hijos pude escapar, bueno, no escapar porque ni siquiera me buscaban, pero papá sí. Mínimo dos o tres veces al día me llamaba para esto o para lo otro. Ahi voy, ahí voy y siempre llegaba una hora o dos tarde y en ocasiones hasta el día siguiente.
De que le cobraba honorarios se los cobraba, tampoco le hacía las cosas de gratis. Cuando me mandaba a retirar su pensión, porque no le entendía a los cajeros, le tumbaba un buen porcentaje porque claramente yo le había dicho que de velador no podía vivir.
Dos días después de la Navidad llegué a casa de papá con los parches que usaba para el corazón. Me los había pedido desde seis o siete días antes, pero con eso de la coperacha para la posada, que el intercambio, y todo eso, me había quedado sin dinero y papá me había dicho que por esta ocasión yo se los comprara. La verdad yo ya tenía mis compromisos y ni modo de cancelarlos.
Al llegar al portal doña Leo y doña Petra forzaban la puerta y yo tan molesto las encaré. Me dijeron que hacía días que papá no salía y que ya olía medio raro. Todavía hablábamos cuando llegó la policía. Les pedí que se hicieran a un lado pues yo traía llave. La peste era horrible y en ese momento la policía me prohibió entrar. Fui tras de ellos y ahí estaba el viejo, recostado de lado y su rostro silenciado. Las cuencas de sus ojos casi vacías y su boca abierta. Papá había muerto de un paro cardíaco y ahí estaba yo, viéndolo y pensando que si le hubiera llevado los parches cuando me los había pedido se habría evitado todo eso.
No diré que me eché mi llorada en el cementerio, no, nada de eso. Lo enterré y volví a casa. Tiré a la basura todo lo que no servía y me quedé con lo indispensable.
Diez años después la diabetes me consumió en un año. Cuando fui a dar al hospital no tenía esposa, ni hijos, ni amigos que vieran por mí. Las enfermeras estaban hartas de mis gritos tras la amputación de tres de mis dedos del pie derecho.
-Guarde silencio, señor. Hay mas pacientes que buscan dormir. Sabemos que le duele, pero hay que resistir.
-Es que les hablo y les hablo y nadie viene, solo me dicen Ahí vamos, ahí vamos y nada que aparecen, esto es inhumano.
Y nadie fue. Me echaron del hospital y un alma caritativa me regaló una silla de ruedas. Años tengo afuera de la presidencia municipal pidiendo la caridad de la gente. Mi ex esposa pasa cada día frente a mí y me deja un par de monedas.
-Diles a mis hijos que vengan a verme.
-Yo ya cumplí con decirles, ya son hombres casados, solo me dicen: Ya mamá, ya nos dijiste, un día de estos vamos.
-¡¡¡Pero no han venido, no han venido!!!
-No me estés gritando, ultimadamente te lo tienes bien merecido… a propósito, ya me jubilé y ya no te dejaré mi cooperación diaria, buena suerte.
Ahí voy ahí voy y nunca fui, nunca llegué a tiempo a donde debía haber ido para cumplir con lo mas mínimo, lo básico, y terminé así, mocho, abandonado y pidiendo misericordias.